4 de abril de 2013

"Afuera los colores y el miedo". Relato breve



                                                                                               
    La noche en que salió en libertad, después de haber pasado veinticinco años en la cárcel, Marcos estaba más asustado que en el momento de su condena a prisión perpetua.  
El viaje en autobús por la moderna autopista le resulta una experiencia paralizante, cientos de vehículos, como hormigas llevando una carga invisible, aparecen y se pierden a una velocidad de vértigo. Aún cuando él confiaba en salir de la prisión desde el mismo día que entró en ella, ahora que está afuera, se sabe solo y tiene miedo. Son las 12 de la noche, el bus devora los kilómetros que lo separan de su nuevo destino, la casa de su hermana Alicia. Sentado a su lado un desconocido duerme tranquilamente. Un escalofrío recorre todo su cuerpo. Igual que aquella noche cuando se encontró en la calle y con un martillo ensangrentado en la mano izquierda, aunque él no es zurdo.
    Para vencer el miedo que lo domina trata de recordar el momento en que se enteró de que le habían otorgado la libertad. El director del penal le dijo que retirara ropa, que se bañara y se vistiera. En el guardarropa enumera y califica: un pantalón marrón usado y con demasiadas arrugas; camisa celeste nueva y bastante bien planchada; suéter verde de lana algo áspera; saco beige… bufanda roja de tela; zapatos negros... un par de medias marrones y algo de ropa interior blanca por suerte nueva y limpia. Siempre le había gustado enumerar, le venía de su madre. Cada mañana antes de salir para el colegio ella le hacía enumerar los útiles de la mochila.
Cuando estuvo vestido murmuró: - afuera los colores y el aspecto son importantes... aquí tantos años todo igual de gris.  Se sorprendió a sí mismo, en realidad nunca había pensado demasiado en nada y menos en eso de la importancia de los colores.
   Se acomoda una vez más en la butaca del autobús, la ropa es cómoda y le queda bien a pesar de estar tan delgado, en los últimos años sólo se vistió más o menos así, tres o cuatro veces para estar presente en el juicio en el  que a pesar de todo finalmente lo condenaron.
  Recuerda que esta tarde firmó un papel que no leyó... que lo hicieron esperar no sabe cuánto pero que le parecieron horas, hasta que escuchó la voz del guardia diciéndole que se apurara... que tenía que salir o perdería el bus... que debía irse... que era otra vez un hombre libre. De eso solo estuvo seguro cuando se vió en la puerta del penal con el pequeño bolso, regalo de su hermana el día que cumplió setenta años, hace apenas dos meses.
   Parece que ella sabía que yo saldría pronto- pensó.-
   En el bolso una afeitadora, crema y cepillo para dientes; tres pañuelos blancos, que en realidad no necesitaría porque nunca se resfriaba, -pero el tres es un buen número-. Un par de zapatillas negras, regalo de su compañero de celda; tres pares de medias también negras, -otra vez el tres-, algo de ropa interior y punto. En el bolsillo del saco unos billetes, producto de su trabajo como carpintero en la cárcel. Su capital para iniciar una vida.
   Veinticinco años antes, llevaba una valija repleta de cosas, algunas las fue regalando, otras se las fueron quitando poco a poco, aunque por algunas tuvo que pelear, aunque nunca había sido violento y eso de pelear no le gustaba, pero adentro había que templarse, hacerse de una coraza que permitiera vivir. Nunca comprendió por qué lo llamaban “el loco del martillo”. Todos esos años adentro había vivido convencido de que algún día estaría nuevamente afuera, no tenía demasiado claro el porqué de su condena.
   Siempre supo que a él no le iba a pasar lo que a aquel muchacho que se fue dejando estar, que buscó de cualquier modo olvidar y que apenas sobrevivió unos pocos meses.
  -Tal vez fuera culpable-  Triste final.-
  ¡No, de ninguna manera! Cada mañana se repetía que a él eso no le iba a pasar.
Y no le pasó y aquí está.   Pero ahora, afuera quien sabe, aunque él le va a poner el pecho a la vida.
En un impulso incontrolable apretó con fuerza la bufanda roja con la mano izquierda y continuó el viaje perdidos los ojos en la negrura de la ventanilla del bus.

 MartaArabia